Visitar la maravillosa Estambul

Estambul

Estambul es una ciudad inmensa, abarrotada de gentes variopintas, personas que luchan por sobrevivir en ella, de la manera que puedan. Y a su vez, es una ciudad milenaria, repleta de historia. Visitar Estambul como turista puede llevarte cuatro días. O toda la vida.

Depende tan sólo del tipo de turista que seas. Si eres de los que considera vista una ciudad cuando ha visitado todos sus edificios emblemáticos, museos, iglesias, mezquitas y bazares, si no arañas un poco en la superficie, no te llevará mucho tiempo.

Por el contrario, si te encanta pasear, perderte en sus calles, en sus cafés, entender la vida de la ciudad, puede llevarte toda una vida. Como ejemplo te diré que yo, en trece años que llevo visitándola, aún no la he visto entera.

Por supuesto que no todo interesa, me dirás. De acuerdo. Tal vez no a nivel turístico, pero sí si quieres conocer lo que hay detrás, la realidad de una ciudad, de un país.

Supongo que a estas alturas habrás deducido que yo soy del segundo tipo de turista. Evidentemente es algo que no puedes hacer si viajas con un tiempo determinado, en el que, tienes que aprovechar al máximo y no salirte del itinerario establecido, pero si tienes tiempo, disfruta de la ciudad.

Visitar Estambul

Ver a las personas en su día a día, inmersas en su realidad cotidiana, que a la vez es la tuya y no lo es, me parece fascinante. Y es algo que resulta muy fácil de hacer con los turcos. Son las personas más hospitalarias, a la vez que curiosas, que conozco.

No es de extrañar entonces que, mientras esperas en un atasco sentada en el primer asiento en el autobús urbano, por ponerte uno de tantos ejemplos, el conductor, un hombre mayor de sonrisa angelical, te cuente cómo vino del pueblo con su mujer hace años, y cómo sus hijas, ya casadas y con niños, nacieron en Estambul.

Y de pronto, en un semáforo, te descubras a ti misma viendo fotos de sus nietas mientras exclamas » maşallah!», expresión muy turca que utilizan para ahuyentar el mal de ojo, a la par que para otras mil cosas más, mientras las ves.

O que decidas ir a comprar cerámicas a un taller pequeño, y, después de hacerte una visita guiada sobre cómo las pintan, cuecen y esmaltan, te veas yendo de picnic improvisado con un grupo de personas, a los cuales evidentemente no conoces de nada, pero que te tratan como si fueras parte de su familia, y a los que, de ahí en adelante, te unirá una gran amistad.

Es en esos casos donde te recuerdo que, si vas a vivir la ciudad, a verla de verdad, prepares una sonrisa y no hagas planes a corto plazo, porque probablemente no los cumplas.

Mezquita Azul, Estambul
Mezquita azul, Estambul

Yo he visto la ciudad de las dos maneras: la visito, siguiendo un plan establecido, cuando me acompañan otros que la ven por primera vez, y la vivo cuando voy sola.

No os preocupéis, es hermosa de las dos.

Jamás olvidaré mi expresión cuando llegué a Estambul la primera vez, una noche calurosa de mayo del 2007. Su aroma especial, a mar, a especias, me asaltó nada más poner un pie fuera del aeropuerto. Dentro del autobús que me llevaba al hotel, apenas podía despegar la mirada de aquella maravilla, de aquellas siluetas iluminadas de las mezquitas.

La silueta de Estambul

La vista de la ciudad iluminada por la noche es impresionante, y te deja sin aliento. Visitar Estambul por primera vez es algo que no olvidarás fácilmente. Yo sólo sé que me quedé sin palabras, lo recuerdo como si fuera hoy. Y me sigue sucediendo igual después de tantos años y tantas visitas.

Junto a mi ventanilla se veía, apacible, el mar; a lo lejos, el puente Galata, con las luces de sus restaurantes y junto a él, vigilante y sinuosa, la torre.

Las siluetas de las mezquitas me maravillaron, aquellos minaretes iluminados, aquellas cúpulas, las gaviotas volando, fantasmagóricas, entre ellas. No era la primera vez que veía mezquitas, pero no como aquellas.

Mezquita Azul de noche
Mezquita Azul de noche

La primera vez que entras en una mezquita, déjate guiar por el ritual. Por las normas.

La primera, evidentemente, es entrar descalzo. Es una grata sensación pasear por las mullidas alfombras completamente descalzo, con los zapatos normalmente metidos en una bolsa de plástico.

La segunda, es observar una vestimenta adecuada, tanto para hombres como para mujeres, aunque, en el caso de que seas una mujer, deberás cubrirte el cabello. No te preocupes si no llevas pañuelo, ellos te facilitan uno, al igual que una túnica en caso de que sea verano y lleves pantalones cortos o tirantes.

Por supuesto, al ser lugares de culto, no es necesario pagar una entrada, si bien es cierto que admiten donaciones voluntarias a la salida, con el propósito de ayudar al mantenimiento de la mezquita. Como bien digo, es totalmente voluntario.

Tras el ritual de cubrirse y descalzarse, se accede al recinto por un espacio diferente que el de los fieles, y siempre mientras no haya rezos.

La primera vez que entras en una mezquita, desde luego no te dejará indiferente. Sobre todo si es de las monumentales.

Dejando a un lado el tema de la religión, el arte, a mi modo de ver, es arte, pertenezca a la religión que pertenezca. E impresiona.

Interior de la Mezquita Azul
Interior Mezquita azul

Impresionan los azulejos que recubren los muros, la enorme cúpula central, las vidrieras que dejan pasar la luz, coloreada, por las ventanas. Las columnas que recogen el peso del templo, y que no pueden ser rodeadas ni entre varias personas, la atmósfera de admiración colectiva y recogimiento. Todo junto te invade, contribuyendo a dejarte fascinado.

Es evidente que no se pueden visitar las más de 4000 mezquitas que hay en la ciudad, más que nada por falta, evidentemente, de tiempo, pero merece la pena ver unas cuantas, apreciar la diferencia de estilos, la evolución histórica de su construcción. Cada una, en su estilo, más sobrio, más recargado, más moderno o antiguo, es espectacular.

Las mezquitas suelen estar rodeadas de patios porticados, en algunos casos de jardines y edificios anexos como las madrasas (escuelas coránicas) o bazares, antiguos mercados que se organizaban a la sombra de la mezquita, y que servían para financiar sus gastos.

La llamada a la oración

Unos minutos antes de la llamada a la oración los turistas son invitados amablemente a salir, para dejar espacio a los que van a rezar.

La llamada, que se produce 5 veces al día, desde los altavoces situados en la parte superior de los minaretes, también impresiona. Durante los primeros años de la república turca, fundada por Atatürk, el llamado a la oración se hacía en turco, único país en el mundo musulmán en el que no se escuchaba en árabe, lengua originaria del Corán. Pero ese hecho apenas duró diez años, retomando después la llamada en la lengua original.

Las frases que se escuchan, como un cántico, desde los minaretes, vienen a decir más o menos que Dios es grande, que no hay otro dios que Allah, que Mohamed es su profeta, y prosiguen con la llamada al rezo.

Aun sin entender árabe, o sin ser musulmán, la llamada, que resuena como un cántico, y que se produce con una diferencia de pocos segundos en todas y cada una de las mezquitas de la ciudad, sobrecoge.

En los países occidentales estamos acostumbrados al sonido de las campanas de las iglesias, y lo tenemos tan interiorizado como parte de nuestra cultura, que casi ni lo escuchamos.

Sin embargo, esto que os describo es algo nuevo para el oído occidental. Es algo que no comprendemos, en un idioma ajeno al nuestro. Ajeno también a nuestro acervo cultural, algo que resuena, con un ligero eco, en cada rincón de la ciudad. Y sinceramente, uno se queda sin palabras.

Es otra más de las experiencias que recordarás, unida siempre a la bella ciudad de las cuatro mil mezquitas.

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